Cuando un practicante de Reiki se dispone a realizar un tratamiento o autotratamiento es bueno y ayuda mucho el recogerse interiormente, evocando serenamente la intención de conectarse con la energía universal. Aunque esto no se hiciera si la persona está sintonizada la energía fluirá de todas formas, aún así, el hecho de centrarnos predispone a nuestro organismo y nuestra energía a un trabajo más eficiente. Esto es debido a que el abrirnos tranquilamente y de forma consciente a la energía evita aquellos bloqueos mentales que pudieran interferir en el libre flujo de esta, ya que toda intención nacida desde el ego condiciona el flujo energético, de ahí la importancia de no meter ninguna intención cuando hacemos Reiki, por ejemplo: que esta energía sirva para aliviar tal o cual dolor, o problema.

La energía sabe muy bien cómo debe actuar por la conciencia o inteligencia que en si misma posee, no necesita ser condicionada con un deseo. Además, no sabemos qué puede necesitar la persona realmente, por lo que quizá aquello que creemos que es lo mejor es todo lo contrario para el crecimiento interior de la persona o cliente.

Cuando nos centramos con el único afán de ofrecer una ayuda a alguien, con la simple intención de que la persona disfrute del mejor bien para ella, sin ninguna intención más, permitimos que Reiki haga su trabajo sin interferencias. Lo mejor que podemos hacer es ofrecer nuestro amor a la persona y este junto con Reiki hará el mejor de los trabajos.

Ya han sido cientos y cientos de tratamientos con Reiki, y los mejores resultados los he vivido cuando no hay intención, y sobre todo cuando he dado amor a la persona, en estos casos esta siempre manifestaba lo tremendamente bien que se sentía, liviano, sereno, en un estado de tranquilidad que pocas veces tenía, tranquilo con la vida y el entorno, sin tensión.

Puede ocurrir que no sintamos amor por una persona que nos pide Reiki, no pasa absolutamente nada, es lógico que creemos vínculos afectivos con amigos, parientes, familia, personas que tratamos frecuentemente, y que sea más difícil sentir ese amor con los desconocidos, pero el trabajo con Reiki nos ayuda a desarrollar una compasión natural, no forzada, un sentimiento y ganas de que otros estén bien, aunque no sintamos el afecto que podemos tener por un amigo. Ello es debido a menudo por que nosotros mismos empezamos a sentirnos a gusto, felices, más plenos y conectados con la vida, su misterio, su belleza. Nace un sentimiento de unidad con los seres vivos, todos compartimos un camino común, el del aprendizaje y desarrollo del amor, y al comprender esto empiezas a ver las situaciones de distinta forma, más conscientemente. El estado natural del ser es la felicidad y por ello cuando la recuperamos deseamos compartirla. De todas formas sintamos o no afecto, lo importante es generar la actitud adecuada, que por lo menos sea por el bien de la persona, lo más sinceramente posible, esto será suficiente para que el tratamiento tenga una buena base.

Con la práctica, naturalmente aprendes a sentir lo que la energía ofrece, su esencia, no sólo a experimentarla como un fenómeno tangible, perceptible físicamente. Esto último puede distraernos haciéndonos olvidar el verdadero sentido del Reiki, que no es sólo sanación, si no desarrollo y transformación interior, de donde proviene la auténtica curación. Una manera de trabajar consciente, que nos da el poder de elegir cuándo y dónde hacerlo, una forma de oración, de espiritualidad si se quiere, una manera fácil y voluntaria de conectarse a la abundancia espiritual a través de nuestras propias manos.